Concursos desde la mirada de las arquitectas

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La historia de los concursos en la arquitectura tiene aristas especiales si la miramos desde el punto de vista de las arquitectas. ¿Qué ocurre cuando alguien perteneciente a un colectivo que está conformado por el 51% de la población mundial produce arquitectura? ¿Qué decisiones sobre el territorio puede tomar esta persona si la tierra está en manos del 49% restante de la población? ¿Cómo acceden las arquitectas  a los grandes encargos si el poder está en manos de los hombres?

Desde Un día | una arquitecta pretendemos hacer algunos aportes a la discusión. El objetivo de nuestro colectivo es el de visibilizar la labor de las arquitectas en las distintas facetas de la profesión. El concurso entendido como una de las formas de acceso a los encargos merece entonces ser mirado desde una perspectiva de género, es decir, identificando las diferencias que se producen a partir de los roles asignados históricamente a los sexos.

En primer lugar, hay que contar que las mujeres no tenían acceso a la formación en arquitectura. Lentamente y hasta mediados del siglo XX las instituciones académicas las fueron admitiendo. Por otro lado, al no tener derechos civiles, tampoco participaban en la administración estatal y por lo tanto, en la obra pública. Recién a inicios del siglo pasado comienzan a aparecer esporádicamente los primeros encargos públicos y estos se deben en su mayoría a concursos.

En la profesión, las mujeres ganamos menos dinero que los hombres (lo que es considerado natural por muchos). Ya en el primer concurso en el que participa una mujer se refleja esto. Sophia Hayden Bennett ganó el concurso para el diseño del Edificio de la Mujer en la Exposición Universal de Chicago  de 1893. Era un concurso organizado para que participaran las primeras arquitectas estadounidenses.  Ella diseñó el edificio cuando tenía sólo 21 años por el que recibió tan solo 1.000 dólares, cuando hombres ganaban entre 3 y 10 veces más por edificios similares. Otras arquitectas se negaron a participar en la competencia por esta razón.

Elisabeth Scott fue la arquitecta inglesa quien ganó en 1927 el concurso internacional para la construcción del nuevo Teatro Royal Shakespeare en Stratford-upon-Avon. Fue la única mujer en una competencia de más de 70 arquitectos, y de esta manera se convirtió, a sus 29 años, en la primera mujer en proyectar un edificio público en Inglaterra.

En 1911 Marion Mahony Griffin que trabajó como proyectista en el estudio de Frank Lloyd Wright ganó, junto a su socio y marido Walter Burley Griffin, el concurso para la nueva capital de Australia, Canberra, siendo así la primera mujer en diseñar una ciudad. Su nombre desapareció de la historia del urbanismo y hace pocos años, cuando se cumplió el centenario del concurso se ha recuperado la memoria de su autoría.

En la sociedad patriarcal, la mayoría de los jurados y los comitentes son masculinos e imponen sus reglas. Attilia Vaglieri, fue una arquitecta italiana, que a pesar de que en 1929 ganó el concurso internacional para la realización del Museo Greco-Romano en la ciudad egipcia de Alejandría, no pudo recibir su premio por el hecho de ser mujer, en cumplimiento de las leyes musulmanas.

Muchas arquitectas se dieron a conocer a través de los concursos como Zaha Hadid u Odile Decq. Después de la separación de Miralles, el inicio del estudio propio de Carme Pinós fue complicado. Tuvo que forjar su carrera sola y casi no tenía trabajo. En 1996, ganó el concurso para hacer el Paseo Marítimo de Torrevieja, y así comenzó a despegar. El concurso le permitió demostrar (porque las mujeres tenemos que demostrar) que ella también era una proyectista.

Para la mayoría es difícil concebir que la arquitectura esté hecha por mujeres. El común de la gente presupone que cuando hay una pareja, el varón es el genio y ella es la musa. (De hecho no existen en el diccionario las palabras “genia” ni “muso”). Existe además el prejuicio de ella es la colaboradora o la discípula.

Excelentes obras de nuestro país fueron realizadas en concursos donde arquitectas argentinas pudieron demostrar su talento, como Alicia Cazzaniga, coautora de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, o Mabel Lula Lapacó, de la Escuela Manuel Belgrano de Córdoba, pero aún así, cuando se mencionan estas obras se las asigna en solitario a un arquitecto varón.

En estas condiciones el anonimato del concurso facilita el acceso. Está comprobado que un mismo proyecto o un mismo portfolio cuando son firmados por un hombre o una mujer reciben evaluaciones diferentes (la del hombre superior, obviamente).

Cuando los organizadores del concurso del Museo de Orsay en París llamaron a Italia para informar del premio y Gae Aulenti atendió el teléfono, le pidieron que los comunicara con su jefe, el arquitecto. Imagínense la sorpresa…

El concurso anónimo, abre el juego, democratiza relaciones de poder, entre ellas las del patriarcado. Es por eso resistido por quienes detentan estas relaciones y son privilegiados. El concurso representa un resquicio por donde las arquitectas se han ido colando, ingresando al cerrado mundo de la arquitectura. Para lograr avanzar, las instituciones son las que deben actuar integrando en lugares de dirección, de gestión, de representación, a las mujeres, que son más del 50% de la matrícula de las universidades. Invitamos a todos y todas a promover una profesión más justa.

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Un comentario en “Concursos desde la mirada de las arquitectas

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