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Dos formas de habitar el mundo

Por Ismael Eyras

Desde nuestros tiempos de estudiantes algunos libros de historia y crítica que fueron considerados textos básicos de cátedra, nos han introducido en la comprensión de la arquitectura como lenguaje. Nos resultan archiconocidos  El lenguaje clásico de la arquitectura de John Summerson, la saga de Bruno Zevi El lenguaje moderno de la arquitectura y por último aquel refrito de Charles Jencks, El lenguaje de la arquitectura posmoderna. La arquitectura surge como respuesta a la necesidad básica de cobijarse y a través de su poética, transforma el espacio en un lugar habitable para el ser humano.

También en aquellos años de estudiantes, y ya como docentes universitarios, leímos con voracidad los textos de nuestro Roberto Doberti, quien planteaba -basándose en escritos tempranos de Ferdinand de Saussure y otros lingüistas- el paralelismo entre lenguaje como código del hablar,  y la ciudad: el código del habitar. También a él pertenece el texto Proyecto y novela: los pliegues de la modernidad, un estudio teórico en el cual se plantean múltiples conexiones entre ambos códigos. Tanto proyecto como novela surgen en los albores del renacimiento y se constituyen como los instrumentos fundamentales que impulsan el surgimiento de la modernidad. Doberti plantea que el lenguaje brinda estructura simbólica y abstracta al mundo, mientras que el medio construido crea una estructura literal y material.

Resulta interesante señalar también mayores similitudes entre arquitectura y literatura utilizando conceptos teóricos paralelos de sitio y contexto, tipo y género, principios constructivos y estructura ya sean referidos a un texto como de una obra de arquitectura.

Podríamos continuar con otros ejemplos y autores (desde Juhani Pallasmaa hasta Claudio Caveri) que retoman la idea de arquitectura como código, lenguaje o materialización de una cosmovisión. Una vez establecido este paralelismo no debemos extrañarnos de que términos originalmente propios de la literatura, como la palabra poética, también se consideren apropiados para referirnos o definir ciertas características de la arquitectura.

Claudio Caveri, Escuela Técnica Integral Trujui

Sin embargo me interesa referirme aquí a las diversas y extrañas, múltiples, carnales y hasta promiscuas relaciones que podemos encontrar entre la literatura y arquitectura, comenzando con los mitos fundacionales de la casa de Odiseo y la torre de Babel y continuando siglos después, en la Edad Media con las catedrales, que pueden leerse como textos análogos a la prosa eclesiástica.

La crisis de significados del siglo XIX y XX altera esta simbiosis entre literatura y arquitectura. Ambas se vieron obligadas a responder a la industrialización, la fragmentación social, la mecanización de lo cotidiano y el desencanto general. Habitar resulta problemático en la modernidad ya que no hay certezas sobre dónde habitar, qué es habitar y qué es ser humano. Heidegger enfatiza las implicaciones de no sentirse en casa ni en el mundo, ni en el lenguaje. Con esto en mente, la arquitectura y la literatura reflejan la crisis comienza entonces la deconstrucción del mito de la morada. El dwelling (el habitar/ la casa) se convierte entonces en un proceso continuo de desplazamiento. El teatro de Beckett niega incluso la posibilidad de habitar realmente. En Sade, cuartos secretos se convierten en espacios de libertinaje que desafían la razón. Para Dickens, la arquitectura misma encarna la revolución industrial y el capitalismo, mientras que en Kafka la arquitectura institucional desafía y sobrepasa nuestra condición humana. Proust apela constantemente a sustituciones arquitectónicas que operan como metáfora del interior del individuo, similar recurso al que apela Joyce con las descripciones del espacio urbano de Dublín en Ullyses.

Siguiendo este análisis puntual del lenguaje y el estilo, podrían considerarse a las construcciones arquitectónicas como imagen poética y la poesía como un proceso arquitectónico. Los edificios y los poemas funcionan como refugios temporales para nosotros.

Ya sin establecer un orden cronológico, vienen a mi mente las más diversas asociaciones: Los extractos de Mallarmé que utilizaba Souto de Moura a manera de memorias descriptivas de sus proyectos o la inspiración en la literatura ciencia ficción y en la estética de los comics del grupo Archigram, Los escritos teóricos sobre el lenguaje de Derrida, retomados por los primeros arquitectos deconstructivistas, Las hermosísimas -y tantas veces dibujadas por arquitectos- Ciudades Invisibles de Italo Calvino, el famoso Poema del ángulo recto, escrito y pintado por Le Corbusier, las literaturas organizadas como sucesión de espacios simultáneos de Perec y porqué no también el pasaje Barolo –el Danteum argentino- o la arquitectura y la organización espacial vanguardistas de la Ciudad Abierta de Ritoque, inspiradas por lecturas colectivas de poesía.

Ciudad abierta, Ritoque. Acto inaugural, 1971

Muchas de estas asociaciones y de estas poéticas, arquitectónicas y literarias hemos descubierto a lo largo de 3 años junto a Inés Moisset. En este lapso hemos compilado en el blog Sembrar en el desierto, poesías, extractos de novelas, cuentos y ensayos literarios, aunados – muchas veces lúdicamente- a las imágenes más diversas de arquitectura y ciudad.

La literatura y la arquitectura se inspiran mutuamente entre sí y también generan su poética partiendo de una preocupación, un planteo o una reflexión común: son las formas cotidianas en las que habitamos el mundo.


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